viernes, 22 de marzo de 2013

EL PASEO COMO DERIVA POLÍTICA EN LA CIUDAD. Marta Delclòs


Publicado en: Frederic Ballell, la Rambla, 1907-1908
Arxiu Fotogràfic de Barcelona-2010 
Imagen: Pasaje de la Virreina, Frederic Ballell. AFB 

El director alemán R.W.Fassbinder, que en 1980 adaptó al cine la novela de Alfred Dóblin Berlin Alexanderplatz se refería a ella, como “esa obra donde parece que el lenguaje está influido por el ritmo de los trenes de cercanías que pasaban sin cesar por delante de la habitación donde el autor trabajaba. Un lenguaje muy marcado por los rumores de la gran ciudad, mayoritariamente sus ritmos específicos, la locura constante de su ir y venir eterno, y la técnica del collage que Doblin aplica en su novela, una de las pocas que hay sobre la gran ciudad.” (1) La obra, publicada en 1929 provocará una ruptura con una larga tradición novelística, en la que la presencia de una figura principal queda subvertida cuando el autor, convierte en protagonista a la propia ciudad, en este caso el Berlín de entreguerras, a través del itinerario urbano. Se introducen en la propia narrativa informes policiales, itinerarios de tranvías, señalizaciones urbanas, folletos turísticos y los sonidos de la gran ciudad, que le otorgará un carácter marcadamente cinematográfico en la que será considerada la primera novela moderna. La figura del paseo urbano como la forma más radical para dar a ver las contradicciones de la gran metrópolis, utilizada por algunos coetáneos de Döblin como Robert Walser, Franz Hessel, Philip Roth o Walter Benjamin. Escritura fragmentada, inspirada en el movimiento de la cámara para llevar a cabo una lectura poliédrica y transversal de la gran ciudad.

No parece casual la aparición de esta tendencia en la escritura en unos años, los de la República de Weimar, donde se producirá una gran expansión de las nuevas tecnologías, fundamentalmente la fotografía y el cine. Será precisamente en el ámbito de la fotografía, donde surgirá con fuerza la figura del paseo como un acercamiento radical y político a la ciudad. Todo ello en el contexto de una gran ruptura en este ámbito, cuando a principios del siglo XX se producirá el camino hacia la modernidad fotográfica. La fotografía que, hasta ese momento había estado vinculada a una larga tradición pictórica y al trabajo de  estudio, inicia un nuevo camino en el que la ciudad se convertirá en el tema fundamental de su trabajo. Todo ello estará íntimamente ligado a las  transformaciones de las grandes ciudades europeas en estos años, la industrialización, la nueva urbanización, el desarrollo de las nuevas tecnologías, que “convertirán la ciudad en un espacio físico sometido a violentas transformaciones. Las calles devienen la expresión material del conflicto de clases”, (2) un espacio que precisa ser analizado. La gran ciudad se convierte en el laboratorio de la modernidad, un nuevo campo de experimentación para el fotógrafo. El encuentro entre la cámara y la ciudad se percibe como un símbolo de modernidad  y el paseo para el fotógrafo en la forma de captar el ritmo de la gran metrópolis. 
 
“Las calles Tauentzienstrasse y Kunfurstendamm, nos dice Franz Hessel en sus Paseos por Berlín, cumplen con esa misión cultural de enseñar a los berlineses que es posible caminar y ver cosas al mismo tiempo. Caminar y mirar es como leer una calle, los rostros de la gente, los puestos callejeros, las terrazas de los cafés, los tranvías, los coches, los árboles, todo dibuja letras del mismo tamaño que, una vez juntas, forman palabras, frases y páginas de un libro siempre cambiante”. (3) Toda ciudad es un texto que precisa ser descifrado. Y caminar por ella es una forma de vivir la política desde la calle, a través de sus manifestaciones cotidianas. El fotógrafo, se convierte en el flanneur que deambula por la ciudad registrando todo aquello que encuentra a su paso. Ninguna norma de trabajo sino el encuentro fortuito con la vida cotidiana.  El paseo como pauta de trabajo que le permite al fotógrafo trabajar con una gran libertad, y lo que permitirá a Frederic Ballell, uno de los pioneros en la fotografía callejera en Barcelona, escapar de su trabajo habitual como colaborador y reportero, para llevar a cabo un proyecto más personal que se iniciará en 1907. En Vida a la Rambla formado por más de cien imágenes Ballell es el paseante y la Rambla el escenario principal de su itinerario urbano y visual.    

Una Rambla que nacía configurada en las mentes de planificadores y arquitectos como un gran paseo burgués, cuya construcción provocó la desaparición de algunas barriadas obreras a finales del siglo XIX y que era elogiada por el propio Ildefons Cerdá cuando afirmaba: “hablando con propiedad, más bien que paseo, es la Rambla una ancha y cómoda calle cual debieran ser todas las demás para ofrecer al público la comodidad y salubridad apetecibles” (4). Espacio de conexión entre la Barcelona burguesa situada en el Ensanche y el centro de la ciudad con el mar. Pero aquello que no calcularon los planificadores de la burguesía fue la condición de transversalidad de la Rambla. Su cercanía con algunas barriadas obreras como el Raval y su condición de zona de tránsito provocaron que el paseo se rebelara en su dimensión más democrática y política, espacio de tensiones y antagonismos, una ciudad dentro de la ciudad. Y si toda gran ciudad es un laboratorio de la modernidad, la Rambla es en sí misma ese laboratorio. Porque en ella confluyen, como en ninguna otra calle del mundo, las características propias para leer el origen de la ciudad moderna. La construcción de las nuevas fantasmagorías urbanas; el terreno para la lucha y la supervivencia. El lugar de experimentación de nuevas formas de control del espacio público, y sus formas de subversión callejera. La materialización del capitalismo en la configuración del espacio de la ciudad y de la explosión de la nueva cultura de masas. Donde la barricada ha compartido espacio con los símbolos propios de la burguesía, el lugar donde se concentra la ambigüedad de toda una época. Un escenario único a través del cual han desfilado todas las figuras de la multitud.  

Un paraíso para el observador, para el flanneur, aunque aquí se le llama rambleador. Algo que seguramente no se le escapó a Frederic Ballell para quien la Rambla se convirtió en su obsesión particular.  Aquí, el itinerario no es un recorrido cualquiera, es el paseo de quien estudia obsesivamente la ciudad y con ella toda una época.

 La deriva como paseo permite al fotógrafo captar el ritmo de la Rambla.  El ambiente de los cafés y las terrazas construidos con gran lujo acorde con el cosmopolitismo en el que se proyecta la ciudad. Las sillas del paseo, un gran mirador urbano para una Barcelona que convierte la Rambla en el escaparate de la ciudad. Ese que da a ver las contradicciones de una gran metrópolis como la Barcelona de principios de siglo. En ella desfila el trabajo infantil a través de numerosos repartidores de periódicos o limpiabotas situados en las zonas más estratégicas del paseo. Lugar de descanso de los más pobres, donde los trabajadores del tranvía se reunían a la hora de comer, y donde una multitud llevaba a cabo economías alternativas, como la venta ambulante, una práctica de resistencia cotidiana. Músicos, vendedores de globos, de cachorros de animales, repartidores de café con leche entre otros. La presencia de estos tipos urbanos convivía en la Rambla con la élite social. Era aquí donde se producía  el encuentro entre las diferentes clases sociales, algo que resulta perfectamente visible en las imágenes de Ballell. La moda y no sólo el urbanismo se encargaba de marcar la separación de clases. El obrero es identificado en el espacio público a través su bata, su gorra y sus zapatillas características.       

La importante presencia femenina en el espacio público, otorga a las imágenes de Ballell una gran carga política. Desde la óptica burguesa se intentaba crear un modelo de feminidad muy determinado, cuyo ámbito era fundamentalmente el doméstico. “El proyecto de construir unas calles vacías de mujeres, sin embargo, sólo fue válido para un determinado sector social. Las necesidades más inmediatas forzaron a muchas mujeres de los estamentos más bajos y medianos a utilizar el espacio público” (5) que acabará convirtiéndose en un importante espacio de sociabilidad. La Rambla  permitía estas fricciones diarias a través de una serie de espacios comunales como las fuentes de Canaletas y Portaferrisa, el mercado de la Boquería, o los alrededores de la Virreina, que se convirtieron en punto de encuentro de mujeres trabajadoras, un colectivo que era sobreexplotado y que llevaba a cabo algunos de los trabajos menos valorados de la sociedad como lavanderas, costureras o trabajadoras domésticas. La calle es aquí el espacio de gestación de intensas redes de solidaridad femenina.

Algunas de ellas se veían obligadas al ejercicio de la prostitución, cuando su salario no alcanzaba para mantener a sus familias. A través de la venta de flores en paseos como la Rambla, su presencia activó un discurso moralista por parte de algunos medios de comunicación que se lamentaban del  penoso espectáculo de esos enjambre de chiquillas, que se desparraman por la Rambla, la Plaza Real y por otros sitios no menos concurridos, acosando al transeúnte (6). Ballell también se acerca con su cámara a estas jóvenes floristas. Sin embargo sus imágenes no emiten juicios. Su lectura es abierta no cerrada. Existe un acercamiento por parte del fotógrafo, pero muchas veces lo que hay es una negociación con el sujeto que se sabe fotografiado y participa en el encuentro.
 
Los fabulosos escaparates de los Almacenes el Siglo, construidos en 1878, atraían una gran masa de público. Su presencia en la Rambla respondía a la nueva dinámica capitalista de aumentar la circulación de bienes de consumo, con la sustitución de los pequeños negocios por grandes centros comerciales. Su variada oferta y su impresionante vestíbulo, donde se ofrecían las novedades llegadas de Paris, convivía en el paseo con algunos espacios alternativos como el mercado de ropa de la Virreina, donde a precios muy económicos se ofrecían artículos para un público popular. Esa era también la democracia de la Rambla, la que permitía diferentes formas de usar y experimentar la ciudad.  

Un espacio donde se “traficaba excitación sexual”(7). Las vitrinas de los estudios fotográficos, pese a las prohibiciones morales de la época, exhibían retratos eróticos En los quioscos se vendía literatura erótica y pornográfica, los mismos que, habitualmente, se convertían en punto de encuentro de tertulianos y paseantes. El espacio de la ciudad como lugar de debate que convierte la Rambla en un parlamento urbano. La tertulia sale a la calle, el lugar de la política ciudadana, donde la vigilancia de un hombre armado tensiona esa dimensión pública del espacio urbano y se convierte en testimonio de las nuevas formas de control y regulación de la gran metrópolis. Esta tensión entre las diferentes prácticas urbanas es lo que va a caracterizar la Rambla a lo largo del siglo XX. Un parlamento natural, donde lo salvaje convive en el espacio de la ciudad. Animales, personas, comida, plantas, flores toda una presencia que subvertía los intereses principales del higienismo burgués.

Las mismas tensiones que aparecen en el trabajo de Frederic Ballell. La Rambla es fragmentada a través de las más de cien imágenes que componen su trabajo. Revisándolas, contraponiéndolas emergen los antagonismos de la metrópolis. Porque no existe una sola lectura de la ciudad sino muchas lecturas posibles. La historia está hecha de micro-acontecimientos y son esos pequeños gestos cotidianos los que aparecen en su trabajo. Todo ello gracias al movimiento por la ciudad con la aparición de cámaras cada vez más ligeras en estos años de modernización urbana y tecnológica, especialmente para un entusiasta de la nueva tecnología como Ballell, ingeniero además de fotógrafo, y un gran aficionado a la técnica cinematográfica. Ballell atiende a lo cotidiano, a la anécdota, a aquello que podría fácilmente pasar desapercibido pero no a través del paseo, ese que permite un conocimiento físico y sensorial de la ciudad. El paseo le permite atender democráticamente a todo tipo de manifestaciones urbanas.

Un paseo que también abarca la vida nocturna. Como el Berlín de Weimar, la Barcelona de principios de siglo es una ciudad cosmopolita, pero con sus barrios bajos donde la Rambla más cercana al puerto convive con las cercanas calles del Raval y su abundante oferta nocturna. Ballell se convertirá en el pionero en una determinada representación de la ciudad, esa que atiende a su nocturnidad y que luego será continuada por algunos fotógrafos como Gabriel Casas y J.M.Sagarra.  

La cámara penetra de forma inmediata en el contexto urbano. La fotografía transforma la percepción cotidiana que tenemos de la ciudad para reconfigurar nuestra experiencia urbana. Esto la convierte en un instrumento político. Vemos la ciudad a través de las imágenes que de ella se generan. El trabajo llevado a cabo por Frederic Ballell, donde la ciudad es tensionada a través de las más de cien imágenes que lo componen, permite llevar a cabo una revisión crítica de nuestro pasado urbano y, al mismo tiempo, una intervención crítica y política del momento actual. Ante la progresiva simplificación de la imagen de Barcelona llevada a cabo en los últimos años , en la que los antagonismos son diluidos en beneficio de una proyección mitificada de la ciudad, sus imágenes adquieren hoy un potencial revolucionario.  
 

1- “El viento sopla donde quiere. Más sobre Berlín Alexanderplatz” . Jonás Trueba.  El Mundo 29 febrero….
2- Philipe Simay. Walter Benjamin et la ville.  Ed. L’Eclat. París 2005
3- Franz Hessel. Paseos por Berlín. Editorial Tecnos Barcelona 1997.
4- Ildefons Cerdá. Teoría de la construcción de las ciudades. Cerdá y Barcelona. Ajuntament 1991  
5- Isabel Segura. Dones de Ciutat Vella. Ajuntament de Barcelona 1995
6- “Una llaga social”.  Artículo La Vanguardia 5 octubre de 1881.
7- Susan Buck Morss. Walter Benjamin, escritor revolucionario.  Interzona Editora S.A. 2005

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